Antes de llegar a protagonizar dos de las tres citas de las que se compone la 34ª Temporada de Zarzuela de Canarias hubo una niña sentada ante La Bohème. Ruth Terán ha contado en otras ocasiones que fue en ese entonces, todavía siendo muy pequeña, cuando decidió que quería dedicarse a cantar. Preguntaba ahora si volvería a hacer caso a aquella niña, prefiere impedir que conteste la experiencia acumulada por el camino: “No quiero dejar que la adulta que soy ahora, con sus heridas y decepciones hable”, advierte volviendo al principio, “volvería a esa ilusión, a esa inocencia de vida en la que imaginas un lugar perfecto donde puedes ser cualquier personaje y donde solo está tu alma y el público”.

Esa primigenia vocación la trae de nuevo a Canarias. La soprano encabeza el elenco de La Tabernera del puerto encarnando a Marola, el título con el que la 34ª Temporada de Zarzuela de Canarias levantará el telón los próximos 18 y 19 de septiembre en el Teatro Pérez Galdós. No será su única aparición. Unas semanas después cambiará a Sorozábal por Jacinto Guerrero y a Marola por Rosaura para protagonizar también Los Gavilanes.

Terán conoce bien ese movimiento entre repertorios. Su carrera ha galopado entre la ópera y la zarzuela, pero asegura que existe una sensación física que separa ambas experiencias. Tiene que ver, en buena medida, con cantar en la propia lengua: “En la zarzuela, las palabras se colocan exactamente en su lugar en la garganta”, explica. Aunque al abordar una ópera conozca perfectamente lo que está diciendo, con este género percibe que “todo fluye cómodo o al menos más natural”. Después ofrece una explicación bastante menos técnica: “La zarzuela la llevo en mi ADN”.

Cuando a Terán le hablan de Canarias ella contesta con familiaridad. Ya ha pasado por esta temporada con otros grandes títulos como Doña Francisquita y su regreso tiene poco de territorio desconocido: “Canaria para mí es casa. Me siento muy valorada aquí y muy querida”, asegura. El tiempo transcurrido no le lleva a hablar de una Ruth completamente diferente a la última se se pudo ver sobre las tablas del Galdós, aunque sí de una intérprete que intenta seguir creciendo: “Es vital crecer cada año, valorar más y mejor lo que tienes y disfrutar en el escenario todavía más si cabe”.

Marola no se ha quedado en 1936

Ese paso del tiempo también aparece cuando empieza a hablar de Marola, la mujer que ocupa el centro de La tabernera del puerto. Para Terán, el personaje deja pronto de ser simplemente una parte escrita en una partitura. La describe como “una mujer fuerte, tremendamente valiosa”, aunque nacida con buena parte de su suerte decidida de antemano. Frente a ese destino aparecen sus “anhelos de libertad, de elección propia y coraje”.

La obra de Pablo Sorozábal se estrenó en 1936, pero Ruth Terán no necesita dar demasiadas vueltas para encontrar a Marola en una mujer de 2026: “Ella es verdad y no está nada alejada de la mujer de ahora”, sostiene.

De hecho, cuando se le pregunta qué ha cambiado entre aquella protagonista concebida en los años treinta y una mujer contemporánea, la primera respuesta es casi desalentadora: “¡Que no ha cambiado mucho!”. Terán lleva la comparación fuera del teatro y la coloca en situaciones perfectamente cotidianas: “Marola es el reflejo de todas las mujeres en algún momento o instante de nuestra vida”, afirma, antes de mencionar la sensación de ser observada por un hombre en el metro o el regreso a casa durante la noche.

La mirada de los demás es precisamente una de las fuerzas que condicionan al personaje. Y ahí la distancia entre Marola y la mujer que la interpreta vuelve a estrecharse. Una cantante también desarrolla su trabajo bajo observación: críticas de prensa, publicaciones especializadas, opiniones del público y un juicio que comienza de nuevo después de cada función.

Terán no presume de inmunidad: “Los artistas convivimos efectivamente con el juicio”, reconoce, pero duda de que un intérprete llegue alguna vez a quedar completamente al margen de él: “Creo que los cantantes somos muy vulnerables en cuanto a críticas se refiere”.

La paradoja es que esa vulnerabilidad convive con una resistencia considerable. Terán recuerda una carrera en la que se reciben “muchos noes” y en la que, pese a ellos, los cantantes “solemos seguir peleando y nos volvemos a levantar a pesar de todo”.

Entre las páginas reservadas a Marola se encuentra ‘En un país de fábula’, una de las piezas emblemáticas de la obra. Su dificultad, explica Terán, consiste precisamente en que el esfuerzo no se vea. “Tiene que parecer que lo cantas fácil”, señala, “tienes que conseguir emotividad en lo que estás narrando”. Su intención es llevar al público hacia “el mundo de Marola, su nostalgia” y esa suerte de ensoñación que plantea la pieza. Lo resume con cuatro palabras: “Hay que decir cantando”.

La tabernera del puerto se estrenó en Barcelona el 6 de mayo de 1936, apenas unas semanas antes de que el país quedara atravesado por la Guerra Civil. Terán evita convertir por ello la pieza en algo que no es: “La partitura de Sorozábal tiene una vitalidad moderna y vanguardista”, señala, aunque recuerda que “no es una obra de denuncia política, al menos explícita”.
Lo que sí le provoca ese contexto es una pregunta distinta: qué habría ocurrido con la zarzuela si aquella evolución no hubiera sido interrumpida. “En ese momento el género estaba alcanzando cotas de innovación altísimas y reinventándose desde dentro”, reflexiona. Desde su perspectiva, la guerra alteró también aquel proceso creativo: “Tras la guerra, sin embargo, la evolución se congeló y se volvió a fórmulas más tradicionales”.

De Marola a Rosaura

Una semanas después de La tabernera del puerto, Ruth Terán regresará a la temporada convertida en Rosaura en Los Gavilanes, de Jacinto Guerrero. Marola y Rosaura tienen, sin embargo, algunos puntos de contacto. Terán encuentra en ambas “anhelos de libertad y fortaleza”, además de dos infancias complicadas y una certeza compartida sobre lo que quieren.

En Rosaura, su firmeza aparece ligada a algo muy concreto: “Es joven y es libre”, sostiene. En un relato atravesado por los intereses económicos y por las decisiones que otros pretenden tomar sobre su vida, Terán considera que ella es “la única que aún puede elegir su destino porque no le mueve el dinero”. Su ideal continúa siendo el amor.

También Rosaura ha cambiado para la propia Ruth Terán, aunque las notas impresas sean exactamente las mismas. La explicación está esta vez fuera del escenario. La cantante reconoce que vuelve al personaje desde “otro momento” de su vida y que su manera de comprender algunos vínculos de Los Gavilanes ya no es la de hace años. “No conocía el amor de una madre y ahora todo tiene otro sentido”, reconoce, añadiendo que también los observa de otra manera desde su lugar como hija.

Quizá ahí esté una de las razones por las que el repertorio puede sobrevivir durante décadas sin permanecer quieto. Marola fue escrita hace casi noventa años. Rosaura supera ya el siglo. Ruth Terán no necesita fingir que son mujeres de 2026. Le basta con encontrar aquello que todavía reconocemos en ellas y colocar después su propia voz.

Una voz que, cuando se le pregunta de dónde viene, vuelve una y otra vez al mismo sitio: a aquella niña frente a La Bohème, a un escenario imaginado como lugar de libertad y a un género que, dice ahora sin ninguna duda, lleva en el ADN.