El desarrollo rural de los municipios de la isla de Tenerife ha sido, cuando menos en las últimas dos décadas, objetivo claro de los diferentes gobiernos municipales, insulares y regionales. No deja de ser esta una declaración de intenciones, algo tópica o típica, que pareciera más un texto reiterativo y comodín que una verdadera y genuina acción ejecutiva. Los entornos rurales, aún hoy, con las circunstancias de la Agenda 2030, con los ODS, con las buenas intenciones, con todo, siguen siendo los hermanos pobres entre los actores sociales, no solo en las islas, sino en todo el territorio nacional. La agricultura, el entorno rural —más allá del definido como turismo rural y su explotación— son ecosistemas complicados en el siglo XXI. Bonitos, atractivos, románticos, pero complicados.

La comarca de la Isla Baja, en Tenerife, es un ejemplo de esta aseveración que me atrevo a hacer. «La vida en los pueblos», lejos de ser una arcadia rutilante, se convierte, muchas veces, en un auténtico sacrificio vital. El municipio de Los Silos ha puesto en marcha, desde hace algún tiempo, acciones de desarrollo local con el objetivo de potenciar y dinamizar el entorno rural, base e idiosincrasia del propio lugar. No todos los pueblos de estas islas deben ser recursos turísticos: el turismo no es la solución única para la economía local. Y es complicado arrancar de cuajo esta concepción económica heredada de una cultura desarrollista y arrasadora que ha convertido este monocultivo en un virus que nos fagocita ya de manera casi irreversible. Todos los recursos son para el turismo, que ha gentrificado en su favor el poco espacio que tenemos, desplazando el comercio local, la agricultura, los entornos urbanos y el espacio vital de los pueblos.

El pasado sábado, el municipio de Los Silos desarrolló una actividad denominada Gastro Local Los Silos, consistente en una visita a la finca Los Corrales, en pleno centro urbano. Esta explotación, gestionada por el biólogo Abel Jacobo Hernández, ha convertido algunos canteros aledaños a la montaña de Aregume en un laboratorio biológico a caballo entre la agroecología y el cultivo de especies no agrícolas del lugar. Una mezcla que, en palabras del propio biólogo, se podría denominar «un reducto agroecológico forestal», en el que conviven especies productivas —diferentes variedades de mangos, aguacates, naranjas y limones y otras ya tradicionales en las huertas del archipiélago— con ejemplares bastante exóticos como la vainilla, la pimienta negra, el cacao o los recientemente introducidos en Canarias plátanos azules. Junto a ellas, y para aprovechar espacio, riegos y sombras, ejemplares de barbusanos, diferentes variedades de lotus, tabaibas, dragos… La producción de esta finca alimenta ventas privadas, consumo propio y alguna presencia en mercadillos. El producto que genera: excelente. Por cuidado, por selección, por cariño en el proceso. La visita a esa finca, guiada por el propietario, es un recurso de dinamización local inmejorable: contacto con la naturaleza —agraria y silvestre—, aprendizaje, descubrimiento, curiosidad y ejemplificación del complicado trabajo que conlleva la agricultura, y también de las satisfacciones que puede aparejar la misma. Solo hay que escuchar hablar al agricultor.

Al final de la visita, el Ayuntamiento propuso una degustación de los productos locales, de la mano de la empresa gastronómica Food-Arte, que brindó a los asistentes la oportunidad de probar elaboraciones con nibs de cacao, mangos locales, plátanos azules, vainilla, sal de la Caleta de Interián y hasta atún fresco.

La iniciativa de la finca Los Corrales y de Abel Hernández, y su discurso, apoyan y difunden un modelo de economía rural necesaria en las islas. Volver a empezar, para descubrir que no todo debe depender, únicamente, de la oferta turística. Las personas que habitan las islas necesitan reavivar esa identidad casi diluida, y el entorno rural es un buen argumento para volver a ello.