El Festival Atlántico Sonoro, en su vigesimosegunda edición, ha querido vincular su propuesta con la biodiversidad canaria y proponerla al público que visita las islas como turistas. De esta manera, el hotel GF Gran Costa Adeje será la sede en la que se podrán visitar dos exposiciones fotográficas cuyo contenido pone de manifiesto el valor de los ecosistemas insulares y la interacción de los visitantes con el mismo. La primera de ellas es la visión del fotoperiodista Tomás Rodríguez, del 22 de junio al 6 de julio, y la segunda se titula Latidos en la sombra, la geometría de lo vivo, del profesor de matemáticas y de ajedrez Jesús Rodríguez Falcón, que permanecerá en el establecimiento hotelero desde el 6 hasta el 20 de julio.
Creativa Canaria ha podido revisar con el autor cuál es su proceso creativo y qué propone en esta muestra.
El festival Atlántico Sonoro propone esta visión personal tuya sobre la biodiversidad y los paisajes, ¿qué nos cuentas en esta muestra? ¿hay alguna reivindicación?

Foto: Jesús Rodríguez Falcón
Hace unos años, durante una acampada en el monte, me encontré con grupos que habían instalado equipos de música a altas horas de la noche, una práctica expresamente prohibida en ese entorno. Cuando les expliqué que las aves se ven afectadas por ese tipo de ruidos, incluso durante un solo fin de semana, la respuesta fue la carcajada: decían haberlo hecho siempre. Ahí está el problema. La degradación del ecosistema proviene muchas veces de la incultura y el desconocimiento, aunque hoy la información esté al alcance de cualquiera.
Mi reivindicación es clara: estar presente en la naturaleza implica cuidarla. Para mucha gente, salir al campo se ha convertido en una moda de escapismo, sin que medie ningún respeto real por el entorno. Por eso intento que la fotografía sirva de inspiración y concienciación: que quien la mire se pregunte qué animal es ese, en qué zona fue tomada, qué hacía ese hombre de noche en el monte. Reivindico la naturaleza, sí, pero también la dimensión personal y vital de cada uno, y el valor de los silencios, tan necesarios para poder estar con los demás.
La biodiversidad de una isla pequeña ¿puede ser motivo de inspiración para quien nos visite?
Cuando me propusieron este proyecto, me pareció una idea magnífica que llevaba tiempo rondándome. Tenemos microclimas extraordinarios y una fauna bellísima. Quien está verdaderamente presente en la naturaleza lo percibe de otra manera.
A veces planifico una fotografía durante horas, y mientras espero -algunas exposiciones son largas- me pongo a leer a Federico García Lorca, a Walt Whitman, o a quien me inspire en ese momento. Ahora mismo estoy terminando El Quijote. Intento unir todo eso con la naturaleza, que tanto me da y a la que intento devolver algo desde mi mirada particular. Como la de todos, es una vida que se acaba en algún momento, y espero que al menos a alguien que nos visite le sugiera algo.
Eres un asiduo del camino de Santiago, lo has recorrido ya bastantes veces, y parte de tu visión fotográfica gira en torno a estas rutas hacia el norte de España, sin embargo también está muy presente en tu fotografía el macizo de Anaga y los espacios que comprenden. ¿Cuánto de importante es esa experiencia en tu obra?

Foto: Jesús Rodríguez Falcón
Descubrí el Camino de Santiago en 2019. Desde entonces he completado cuatro veces el Camino Francés completo, de Saint-Jean-Pied-de-Port a Finisterre —unos 920 km cada uno—, el Camino Portugués desde Lisboa en 2022, y en 2024 el Camino Inglés con epílogo hasta Finisterre. Luego tomé una guagua hasta León y completé el Camino de San Salvador hasta Oviedo —extraordinariamente exigente— y a continuación el Camino Primitivo de Oviedo a Santiago. En total, llevo aproximadamente 5.400 km recorridos. Este año, si todo va bien, me espera el del Norte.
Toda esa visión sobre la naturaleza habitaba en mí antes de comenzar, pero el camino lo ha ido desenvolviendo y madurando con el tiempo. Me ha aportado profundidad en lo que hago cada día: trabajar con niños y adolescentes en matemáticas y ajedrez, fotografiar en soledad o simplemente pasear. A menudo siento que esas actividades cotidianas tienen la misma textura que andar el camino: algo muy hermoso cuando el sentimiento es luminoso, y también un espejo cuando aparecen los fantasmas. Me gusta sentirlos, verlos en perspectiva y separarme de ellos.
Tanto el Camino como Anaga son para mí reductos donde la energía se recarga. Intento ir a Anaga todos los días, porque vivo cerca. Una hora o dos, a veces solo a leer. El oxígeno, la tranquilidad, el sosiego. Todo eso está reflejado en mi obra fotográfica: en los animales, en los paisajes y también en los retratos de personas, que guardo en lugares muy especiales de mi memoria.
Además, en esta exposición combinas otra de tus pasiones, las matemáticas, incluso con el nombre de la muestra: La geometría de lo vivo. ¿Influyen las matemáticas cuando miras por el visor de la cámara?
Las matemáticas influyen en mi manera de ser de una forma difícil de explicar, aunque lo intento con mis alumnos, algunos de los cuales ya dan clase o están terminando la carrera. La mayoría de las personas creen que las matemáticas son solo cálculo y precisión. Pero son, ante todo, un idioma: el idioma de la naturaleza, del universo, de todo lo que existe, vivo o inerte.
Yo las veo como quien lee un poema y va más allá de las palabras escritas. Las matemáticas van de la imaginación, de la creatividad, de unir la precisión con la fantasía. Por eso son complejas: necesitan una base técnica sólida para que después lleguen los sueños. Igual que en el ajedrez: para hablar con las piezas hay que tener un cierto nivel técnico que permita que la fantasía emerja. Todo confluye en la mente en un batiburrillo extraordinario. Por eso intento unir fotografía, matemáticas y ajedrez en el arte en general.
Ahora todo el mundo tiene una cámara en su bolsillo, y nuestra realidad social está llena de imágenes. ¿Qué aporta a la fotografía y qué resta esta posibilidad tan fácil de hacer fotos y subirlas a las redes?
Hoy todo el mundo lleva un móvil con cámara y acceso a cientos de filtros. Como todo en la vida, eso aporta instantaneidad, pero también banalidad. Que alguien suba a las redes una foto de un plato de comida como si fuera una obra de arte es la cara menos edificante del fenómeno. Sin embargo, el año pasado gané el concurso de fotografía del Camino de Santiago 2025 con una imagen tomada con el móvil.
La parte técnica no es la misma que la de una cámara profesional, ni en calidad de imagen ni en posibilidades de impresión. Pero lo que se trata de transmitir, para quien tenga algo de formación en las artes, puede lograrse igualmente si uno domina mínimamente la técnica. Tengo miles de fotos del Camino hechas con la Osmo —muy distinta a mi Nikon D850— y la diferencia técnica es evidente, pero si lo que uno quiere transmitir puede expresarse con ella, se logra igual.
Pienso que la sobreabundancia de imágenes diluye el impacto de cada una. Pero quien se interesa de verdad por un fotógrafo o por un determinado tipo de fotografía irá a buscarlo y encontrará su nicho. Más allá de vivir económicamente de ello, ningún artista trabaja sin la pasión que le despierta su obra.
En tus paseos por el campo, y por el Camino de Santiago, ¿qué es lo que más te motiva a sacar la cámara? ¿cuánto tiempo dedicas a esto?
En treinta y cinco días de camino he llegado a hacer hasta 3.000 fotos. Muchas no sirven para nada, claro. Pero hay otras que todavía hoy me hacen temblar cuando las veo: me devuelven aquel sentimiento exacto del momento en que las tomé.
A veces fotografío a alguien de espaldas y luego lo paro, tomamos un café y le enseño la imagen. Me interesa que vean de qué manera la fotografía es para mí una forma de oler y observar el entorno. Lo descubrí hace unos diez años de manera más profesional, con la enorme suerte de tener como maestro a José Benito Ruiz, formador de referencia internacional. Él me aconsejó estudiar el Renacimiento italiano. De hecho, hace unas semanas conseguí una edición de gran formato de la obra de Caravaggio, y también tengo un volumen sobre Leonardo que pesa diez kilos. He leído sus biografías. Todo eso me ha dado una visión interior muy rica: no para copiarlos, sino porque me aportan palabras para cosas que yo ya sentía, como el famoso síndrome de Stendhal.
En el camino y en Anaga llevo siempre la cámara pequeña en el bolsillo. Intento que lo que capto me aporte a mí y también aporte a los demás. He hecho fotografías en el camino de algunas personas: es maravilloso hablar con ellos años después y que te digan que tienen la foto impresa en casa. Para mí, eso lo es todo.
Mi ritual diario tiene dos momentos: salgo muy temprano, a veces acompañado —aunque advierto a quien viene conmigo que puede que en algún momento me pierda cuando me detenga a fotografiar—, y por las noches, ya en la cama, dedico media hora a ajustar imágenes y organizar el archivo en carpetas. Para eso me ayuda también ChatGPT, e incluso he programado alguna herramienta que guarda las fotos en el Drive ordenadas por días. Un pequeño tiempo diario, pero importante.
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