La Fundación Cristino de Vera–Espacio Cultural CajaCanarias ha presentado hoy, viernes 23 de octubre, en la sala de exposiciones temporales de la entidad, sita en la calle San Agustín, 18, San Cristóbal de La Laguna, la exposición Esteban Vicente. Umbrales de luz, una muestra que acerca por primera vez a las islas una selección de obras de este destacado representante de la pintura española del siglo XX. La exposición podrá visitarse hasta el próximo 28 de febrero de 2027, en el siguiente horario: de martes a viernes, de 10:00 a 14:00 h y de 17:00 a 20:00 h; y los sábados, de 10:00 a 14:00 h, con entrada libre.

El acto de inauguración contó con la presencia de Humberto Orán, presidente de la Fundación Cristino de Vera; y Ana Doldán, comisaria de la muestra y directora del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente.

Humberto Orán abrió el acto de presentación destacando la relevancia de Esteban Vicente en la pintura del siglo XX y la dimensión internacional de una trayectoria marcada por el diálogo entre distintas tradiciones artísticas. En su intervención, subrayó la capacidad del pintor para desarrollar un lenguaje plástico propio y contribuir de manera significativa a la renovación de la abstracción desde su experiencia en el contexto artístico estadounidense.

A continuación, Orán evocó la sensibilidad de Cristino de Vera, su particular manera de mirar el mundo y la admiración que sentía por determinados artistas y paisajes. Entre las afinidades artísticas que quiso destacar, se refirió al aprecio que Cristino de Vera profesaba por la obra de Esteban Vicente, así como a la vinculación de ambos creadores, desde sus respectivas trayectorias, con las tierras segovianas.

En este contexto, señaló que acoger la exposición en la Fundación Cristino de Vera tiene un significado especial, pues permite acercar al público la obra de un artista admirado por el pintor canario y establecer un diálogo entre ambas sensibilidades artísticas, respetando la singularidad de sus respectivos lenguajes.

Al abordar el recorrido artístico de Esteban Vicente, Orán destacó la importancia de los distintos entornos culturales en los que se desarrolló su trabajo. Su paso por España, París y Estados Unidos resultó determinante en la configuración de una mirada abierta a diferentes tradiciones plásticas y en su búsqueda constante de nuevas posibilidades expresivas. En particular, recordó que su llegada a Nueva York, en 1936, constituyó un momento decisivo en su carrera, al situarlo en un contexto artístico en plena transformación, vinculado al surgimiento de la Escuela de Nueva York.

Por otra parte, Orán destacó que la exposición es fruto de la colaboración entre la Fundación Cristino de Vera y el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, dos instituciones comprometidas con la conservación, el estudio y la difusión del legado de sus respectivos artistas. En este sentido, subrayó el valor de esta cooperación, que favorece la difusión del patrimonio artístico y contribuye a acercar al público la obra de creadores fundamentales para comprender la evolución del arte contemporáneo.

Por su parte, Ana Doldán señaló que esta propuesta permite comprender la evolución del lenguaje pictórico de Esteban Vicente y observar la coherencia que articula las distintas etapas de su trayectoria. Explicó cómo la pintura de Vicente fue alejándose progresivamente de la representación de la realidad para explorar las posibilidades expresivas de la luz, el color, la materia y la emoción.

Según expuso, el título de la muestra alude precisamente a ese proceso de transformación: el tránsito desde un mundo reconocible hacia una realidad plástica autónoma, en la que la pintura deja de tener como objetivo principal reproducir lo visible para convertirse en una experiencia en sí misma. Retratos, paisajes, escenas familiares, collages y composiciones abstractas conforman un recorrido que, pese a la diversidad de técnicas y lenguajes, responde a una búsqueda constante de nuevas formas de expresión.

Doldan destacó que las primeras obras de Vicente revelan un diálogo entre la tradición y la modernidad. Aunque la figura y el paisaje siguen siendo reconocibles, ambos comienzan a adquirir autonomía dentro de la composición.

La llegada del artista a Estados Unidos marcó un punto de inflexión en esta evolución. Doldan explicó que el conocimiento del cubismo, especialmente de la obra de Juan Gris, contribuyó a consolidar su concepción de la pintura como una construcción autónoma. A ello se sumó el contacto con la Escuela de Nueva York, que amplió sus posibilidades expresivas mediante el gesto, el movimiento y la energía de la pintura de acción. En torno a 1950, Vicente participó así en el contexto de renovación de la pintura estadounidense, sin renunciar a una sensibilidad propia profundamente vinculada a sus raíces españolas.

Otro de los aspectos centrales de la intervención fue el papel del collage en la trayectoria del artista. Doldan subrayó que Vicente no lo concebía como una técnica separada de la pintura, sino como «otra forma de pintar». Mediante la incorporación de fragmentos de papel, el artista exploró las relaciones entre estructura, materia, espacio y luz, sustituyendo la pincelada por nuevos elementos de construcción plástica. Esta investigación evolucionó desde pequeñas composiciones durante los años cincuenta hacia superficies de mayor amplitud, en las que el color adquirió una autonomía creciente y comenzó a organizar el espacio en campos cromáticos.

Doldan situó a finales de los años sesenta otros momentos decisivos en la trayectoria de Vicente. En esta etapa, el gesto se atenúa y las formas se expanden, se difuminan y parecen flotar en un espacio suspendido. El empleo del aerógrafo permitió al artista aplicar el pigmento con una gran suavidad, reduciendo la huella del proceso y favoreciendo una nueva relación entre color y espacio. Tal como explicó durante su intervención, el color deja entonces de ser un instrumento para representar la luz y se convierte en luz. Esta concepción se resume en la afirmación atribuida al propio artista: «el color es la luz».

Como conclusión de su recorrido, Ana Doldan planteó Esteban Vicente. Umbrales de luz como una invitación a contemplar cada obra como un espacio de transición entre la realidad visible y la experiencia pictórica. Una trayectoria en la que el mundo exterior se transforma progresivamente en paisaje interior y en la que la pintura se convierte, más allá de la representación, en una forma de pensar, sentir y experimentar la realidad.

ESTEBAN VICENTE

Esteban Vicente nació en Turégano, Segovia, en 1903, y se trasladó muy pronto a Madrid, donde inició en 1919 sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. En el ambiente cultural de los años veinte entró en contacto con los círculos de artistas y escritores vinculados a la Generación del 27. En 1928 presentó su primera exposición en el Ateneo de Madrid. Sus viajes a París y, especialmente, el realizado gracias a la beca de la Junta para Ampliación de Estudios concedida en 1932, favorecieron su contacto con la vanguardia europea.

En 1935 se casó con Estelle Charney y ambos pasaron una temporada en Ibiza. La experiencia del paisaje mediterráneo tuvo importancia en la evolución de su pintura. Tras el estallido de la Guerra Civil, Vicente abandonó España y se instaló en Estados Unidos. Nueva York se convirtió en el centro de su vida artística. En 1937 presentó allí su primera exposición individual. Durante los años siguientes trabajó todavía con la figura, el paisaje y la naturaleza muerta, mientras buscaba nuevas formas de expresión.

La transformación decisiva se produjo durante la década de 1940. Tras su estancia en Puerto Rico, Vicente comenzó a alejarse progresivamente de la representación. La práctica del cubismo y, posteriormente del collage adquirieron entonces un papel fundamental: cubificación de las formas, el uso de fragmentos de papel y sus superposiciones le permitieron investigar nuevas formas de construir el espacio. En 1948 contrajo matrimonio con María Teresa Babín, durante una etapa especialmente importante de su evolución artística.

A comienzos de los años cincuenta quedó vinculado a la New York School y a la primera generación del expresionismo abstracto. Participó en exposiciones como Talent 1950 y 9th Street: Exhibition of Painting and Sculpture. Sin embargo, su pintura siguió un camino propio. Tras una primera etapa en la que predomina el gesto, como en buena parte de las grandes figuras del expresionismo abstracto, Vicente concedió especial importancia al color, la materia, la transparencia y la organización del espacio.

La abstracción no significó para él abandonar la realidad. El paisaje permaneció como una referencia transformada: dejó de ser un motivo reconocible para convertirse en memoria, luz, atmósfera y estructura espacial. El collage, el dibujo y la pintura formaron parte de una misma investigación sobre la superficie y la profundidad. El color fue adquiriendo una autonomía creciente hasta convertirse en uno de los principales elementos constructivos de su obra.

Paralelamente, Vicente desarrolló una importante trayectoria como profesor en instituciones estadounidenses como Black Mountain College, Princeton y Yale. En 1961 se casó con Harriet Godfrey Peters y, desde 1964, alternaron estancias en Nueva York y la residencia que adquirieron en Bridgehampton, donde Vicente se estableció en su último año de vida.

Su reconocimiento se consolidó progresivamente en Estados Unidos y, a partir de los años ochenta, también en España. En 1991 recibió la Medalla de Oro de las Bellas Artes. En 1998 el Museo Reina Sofía presentó la retrospectiva Esteban Vicente. Obra 1950-1998, coincidiendo con la inauguración, en Segovia, del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, que acoge una importante donación de obras realizada por el artista y Harriet G. Vicente. En 1999 recibió la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X “el Sabio”.

Vicente continuó trabajando hasta el final de su vida. En sus últimas obras redujo progresivamente los elementos de la composición y dejó que el color, la luz y pequeñas variaciones de materia construyeran el espacio. Murió en Bridgehampton el 10 de enero de 2001.

La singularidad de Esteban Vicente reside en esa evolución: de la representación a la abstracción, del paisaje observado al paisaje convertido en memoria y, finalmente, a una pintura en la que el color y la luz construyen por sí mismos el espacio. Su obra mantiene así un diálogo constante entre la tradición artística europea y la renovación de la pintura estadounidense del siglo XX.