©Auditorio de Tenerife/Miguel Barreto

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Dijo la fadista Maria do Carmo de Carvalho Rebelo de Andrade, Carminho, el pasado sábado en la sala sinfónica del Auditorio de Tenerife que a su llegada a la isla la atrapó un sentimiento de agobio al pensar que iba a estar en un lugar rodeado de mar por todos los lados. Señaló, con la sensibilidad que la caracteriza, que el viento y esa sensación de aislamiento ocuparon su estado de ánimo. Percibimos en esas afirmaciones cierto desasosiego en su visita Canarias.

Sin embargo, segundos después, ante un patio de butacas lleno hasta la última fila, afirmó rotundamente que todos esos barruntos negativos habían desaparecido al comenzar a cantar Balada do país que Dói. Y así se produjo la magia. La fadista admitió que ese mar que la había amedrentado era la misma mar que se ve desde la orilla de Lisboa, el Atlántico tan vinculado a Portugal desde su más intrínseca y ancestral naturaleza. La misma agua que nos rodea y nos perfila como habitantes de la isla, de aislados.

©Auditorio de Tenerife/Miguel Barreto

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A partir de aquí, la conexión entre la cantante lisboeta, con su último disco Eu Vou Morrer de Amor ou Resistir y las más de mil personas que abarrotaban el Auditorio de Tenerife fue, digamos, íntima. Carminho habla un español fluido, salpicado de manchas de acuarela de portuñol, pero perfectamente entendible, y eso le sirvió como vehículo para afianzar y reforzar esa conexión de la que hablamos. Quizás demasiada intervención discursiva en un concierto que rondó las dos horas y que fue explicado con detalle al público, para trazar una cartografía entendible de lo que “es” el fado, de lo que ha sido en la historia de la música portuguesa y de lo que se pretende que sea en la voz de las nuevas generaciones; pero también de sentimientos, de feminismo, de estereotipos (tan asociados a un género tan castizo, si se nos permite el adjetivo), y de la “gentileza” del ser humano, la “característica más importante que existe en el mundo”, según recalcó la propia artista.

Casi dos horas de sentimiento portugués

©Auditorio de Tenerife/Miguel Barreto

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Carminho, conocida en los mercados menos especializados por su colaboración (Memória) con Rosalía en el último disco de la catalana, demostró de manera humilde la grandiosidad de su trayectoria y el tamaño de su arte y de su voz, acompañada por André Dias en la guitarra portuguesa, Flávio Cardoso en la viola de fado, Pedro Geraldes con la guitarra eléctrica y Tiago Maia con el bajo acústico, e hizo referencias a sus fuentes del fado, desde Amália Rodrigues hasta las y los fadistas que escuchaba en el establecimiento de su madre en Lisboa cuando era una niña.

Pero el concierto no sólo se basó en la nostalgia tremendista del fado tradicional. La intérprete navegó entre las marchas populares y la experimentación en determinados temas y hasta ofreció una sentida versión de Yo te quiero vida mía de Sara Montiel en español. Carminho se despidió de Tenerife cantando Escrevi teu nome no vento en acústico, alejándose del micrófono y ofreciendo su torrente vocal sin amplificación frente a las casi mil seiscientas personas que llenaban la sala, haciendo un ejercicio vocal de una potencia y armonía extremas, y poniendo de pie de manera unánime a su entregado público.