La literatura canaria del siglo XX es un territorio, a mi juicio, bastante inexplorado. En Tenerife, más allá de la repercusión de algunos miembros de la generación de Gaceta de Arte: Pedro García Cabrera, Emeterio Gutiérrez Albelo y Agustín Espinosa, y conocidos pero poco estudiados Domingo Pérez Minik, Domingo López Torres o el propio Eduardo Westherdal, las propuestas literarias anteriores y posteriores están, pero en un velado espacio en el que más allá de la presencia nominal de los autores, el estudio, la difusión y la identificación con sus obras pasa desapercibida. A esto hay que añadirle cierto componente de insulariadad, por eso señalaba más arriba que ese conocimiento de Gaceta quizás se circunscribía a la isla de Tenerife. Y me consta, que la presencia de otros autores como Tomás Tomás Morales, Saulo Torón, Luis Doreste, los Millares o Alonso Quesada en esta provincia es evidentemente deficitaria.
Es el caso, por ejemplo, de la obra de Alonso Quesada. Representante inequívoco del malditismo de los poemas de principios del siglo XX, y referente fundamental de la literatura canaria. Quesada, Rafael Romero de nombre bautismal, permaneció durante años en una especie de olvido injusto, y quizás su nombre aparecía siempre ligado a su obra poética publicada en vida, El lino de los sueños. Pero más allá de esos versos, modernistas y ajustados a los cánones temporales (primeros años del siglo) me resulta mucho más interesante su obra en prosa, desde los cuentos sobre los ingleses de Smoking Room hasta la novela Banana Warehouse, a juicio de quien escribe esta reseña una obra que debería ser obligatoria en los estudios de secundaria y bachillerato de la comunidad autónoma. Sin duda, me atrevería a decir que no lo es por cierto complejo identitario, sospecho.
Sin embargo, esta reseña la redacto no por el propio producto literario de Quesada, sino por la reciente edición (2025) de un epistolario que el autor grancanario mantuvo con el médico, y también poeta, Luis Doreste Silva, al que le unía una profunda amistad y complicidad.
La obra, editada por el Cabildo de Gran Canaria, es un estudio pormenorizado realizado por Miguel Pérez Alvarado, y resulta un volumen imprescindible para conocer de cerca la personalidad de Alonso Quesada, pero también para hacerse uno a la idea de qué pasaba en este lado del Atlántico en el incipiente siglo XX: las islas como centro y conexión con Europa del comercio inglés, la situación de los puertos, la diáspora de los artistas a ciudades como Madrid (Néstor Martín Fernández de la Torre o el propio Luis Doreste…) las publicaciones periódicas en papel…
El estudio de Pérez Alvarado no se conforma como una mera reproducción de las 170 cartas, curiosamente inéditas pese a estar en posesión del Cabildo durante 50 años (se hizo con su archivo nada menos que en 1975), sino un análisis exhaustivo en forma de notas que aclara el intrincado laberinto de referencias y alusiones de esas cartas entre dos amigos. Sin duda todo este material ha servido de ayuda filológica a autores como Lázaro Santana, Andrés Sánchez Robayna, Yolanda Arencibia o el propio José Luis Correa en su tesis doctoral.
He tenido, y tengo en mis estanterías, muchos volúmenes de cartas de mis autores referentes, García Márquez, Julio Cortázar, Pedro García Cabrera… estas de Quesada vienen a contribuir a este corpus epistolar, tan necesario para ver más allá del solo nombre de los autores, o quizá de solo sus títulos.
Título: Epistolario. Alonso Quesada-Luis Doreste Silva
Edición, introducción y notas: Miguel Pérez Alvarado
Género: Cartas
Editorial: Cabildo de Gran Canaria
ISBN: 978-84-1353-178-6
No hay comentarios