El día 21 de enero la Biblioteca Insular proyecta el documental de la directora y guionista Oksana Karpovych, ‘Intercepted’, un drama real que relata la angustia de los soldados rusos en el frente del conflicto que enfrenta desde hace años a Ucrania y Rusia, acrecentado tras la ilegítima invasión ordenada por Putin.
Con ocasión de dicha proyección, Vadym Syroyezhko, activista ucraniano y fundador de la Casa Ucrania en Canarias, reflexiona en esta entrevista realizada por Adrián Arroyo sobre la complicada situación actual que atraviesa la guerra que se libra a miles de kilómetros de las islas.
Syroyezhko nació en el centro de Ucrania, en la ciudad de Alexandria en 1982, pero su familia se mudó a Sebastopol (Crimea) cuando era muy pequeño. Cuando cumplió 20 años decidió emigrar a España. La anexión de la Península de Crimea en 2014 por parte de Rusia avivó su activismo y sus reivindicaciones sociopolíticas en aras de una Ucrania emancipada. Afincado en Gran Canaria no sólo ha sido una de las personas que más presión ha ejercido contra las redes de propaganda rusa en España, sino que sus investigaciones han sido clave para combatir la guerra híbrida del Kremlin. Muchas de ellas publicadas en los periódicos El Mundo o El Español.
La Casa de Ucrania en Canarias se fundó en marzo de 2022, con el propósito de que las islas se convirtieran en un lugar para los refugiados. Desarrolla proyectos para niños ucranianos que se impulsan en colaboración y con ayuda de las Asociaciones Infinity y Asociacion Avel Alliance y para el público en general. De forma permanente y ocasional colabora con más de 300 ucranianos y canarios. La sede oficial de la asociación se encuentra en el número 8 de la Plaza de Santo Domingo, en el barrio de Vegueta, de Las Palmas de Gran Canaria.
Desde que Rusia ilegalmente anexionó Crimea en 2014, no ha podido regresar a su casa debido al temor a represiones. Antes de la anexión cada año veraneaba en su casa de Crimea con su familia y su abuela. Tras la anexión forzosa nunca más pudo ver a su abuela, que falleció en verano del año 2022. Aun así, tiene la esperanza de que pronto se libere tanto Crimea como todos los territorios ucranianos ocupados.
La información que nos llega a España sobre el conflicto ucraniano es escasa en comparación a otros países como Alemania o Polonia. ¿Por qué cree que en España no hemos mostrado tanto interés en este conflicto a pesar de su impacto a nivel europeo?
No es una pregunta sencilla, porque en España confluyen varios factores. Uno de los más relevantes es el impacto de la guerra híbrida rusa. Cuando hablamos de guerra híbrida no hablamos solo de propaganda: hablamos de un enfoque que combina instrumentos diplomáticos, culturales, políticos, económicos, de inteligencia y también informativos. Dentro de ese esquema, la guerra informativa —es decir, la desinformación y la manipulación del espacio mediático— es solo una de sus vertientes, pero una muy eficaz en democracias abiertas como la española.
Desde hace años, Rusia trabaja en España para introducir narrativas que relativizan la agresión y siembran dudas sobre la información que llega desde Ucrania. Esa confusión erosiona la empatía y reduce el interés público. Además, España —a diferencia de países como Alemania o Polonia— no ha definido todavía una estrategia para identificar y contrarrestar este tipo de interferencias. Esa ausencia institucional deja el terreno más expuesto.
A ello se suma un factor estructural: la percepción de amenaza. En Alemania y sobre todo en Polonia, la agresión rusa se percibe como un riesgo directo para la propia seguridad nacional y para la estabilidad de toda la región. En España, en cambio, la guerra se percibe como un conflicto lejano, sin impacto inmediato en la vida cotidiana, lo que disminuye su prioridad mediática y política.
Como consecuencia de esta combinación —guerra híbrida rusa, falta de respuesta estatal y baja percepción de riesgo— el interés en España ha sido mucho menor, pese a que el conflicto afecta de manera decisiva al futuro de la arquitectura europea de seguridad.
Desde su punto de vista, ¿considera que España ha tenido un papel activo en la resolución del conflicto o ha quedado al margen?
Si hablamos de la sociedad, sí: España ha tenido un papel activo. La respuesta ciudadana ha sido muy significativa en el terreno humanitario. Ese apoyo ha sido —y lo sigue siendo— esencial para la resistencia del pueblo ucraniano, porque para Ucrania no existe otra opción que resistir, luchar y liberar todos los territorios ilegalmente ocupados por Rusia. No es solo una cuestión territorial, sino de vidas humanas: los ucranianos están sufriendo bajo ocupación, son rehenes en su propia tierra y necesitan ser liberados.
En cambio, a nivel político el papel español ha sido más limitado. Si la élite política española tuviera una conciencia más clara de lo que supone la ocupación rusa —y de lo que están viviendo los ucranianos bajo ese régimen de violencia continuada— entenderían que la “paz” solo puede darse con una Ucrania libre, sin ocupación y sin sufrimiento. Y para eso no basta con declaraciones: hace falta más acción política, más implicación europea y menos ambigüedad. Yo diría que nunca es tarde.
Antes del Euromaidán de 2013, ¿cómo era la situación de Ucrania en términos políticos y sociales?
Antes del Euromaidán, Ucrania estaba reconstruyendo su identidad y apostando por la democracia, mientras Rusia se volvía más autoritaria y trataba de mantener su influencia. Cuando Ucrania eligió el camino europeo, Rusia respondió con represión violenta y luego con la intervención armada en Crimea y el Donbás; desde entonces, defender la libertad no es una opción para Ucrania, es la única dirección posible.
En 2025 presenciamos un encuentro desafortunado entre Zelensky y Trump, lo que dejaron las relaciones entre ambos países dañadas. ¿Cómo afecta este tipo de relaciones complicadas a la evolución del conflicto?
Ese encuentro tuvo más que ver con el protagonismo de Trump que con la diplomacia. Fue un episodio incómodo, pero la reacción de los líderes democráticos fue suficiente para dejar claro que Zelensky cuenta con apoyo internacional. Y es importante recordarlo: Zelensky hoy representa a Ucrania en el momento más difícil de su historia reciente.
En este contexto, tanto Ucrania como sus aliados europeos necesitamos estar más unidos que nunca frente a las amenazas contra las democracias. Las relaciones complicadas entre Estados no pueden convertirse en una ventaja para el agresor. Tampoco podemos permitirnos ser previsibles: ya aprendimos que cuando Rusia dice que no va a atacar, significa que sí lo hará. Con un agresor así, la firmeza y la inteligencia estratégica son esenciales para la victoria, y creo que todo está orientado a ese objetivo, incluida la relación de Ucrania con Estados Unidos.
A estas alturas, el conflicto se podría haber evitado. Sin embargo, ahí sigue la deshumanización de la guerra. ¿Cree que la Unión Europea y Estados Unidos podrían haber hecho más para evitar la escalada bélica?
Sí. La guerra abierta podía haberse evitado si en 2014 Europa hubiera actuado con la firmeza con la que dice defender sus valores. En lugar de eso, se normalizó el comercio con la autocracia rusa. Se compró gas, petróleo y confort. Se compró silencio. Y con ese dinero Rusia compró armas. No es la primera vez que Europa confunde la paz con la comodidad: en los años 30 se creyó que ceder frente a Hitler evitaría la guerra, y solo consiguió hacerla inevitable. Con Putin ocurrió lo mismo: la renuncia a frenar la agresión la convirtió en una agresión mayor.


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