Portugal llora la muerte de Antonio Lobo Antunes. El escritor ha dejado este mundo en los comienzos de este marzo revuelto por los rumores de guerra. Candidato reiterado cada año en las quinielas del premio Nobel, el novelista se configuró como una de las señas más importantes de las letras contemporáneas lusas. Oscuro, y casi impenetrable, se mostró reacio al mercadeo editorial y a aparecer en público. Su obra, un edificio sólido e impresionante, trascendió aquello de la literatura fácil y desarrolló en ella una fórmula propia que atentaba contra la ortodoxia gramatical y los signos de puntuación.
La guerra de Angola, las guerras en África, las enfermedades mentales, su visión de psiquiatra en la reserva, una perspectiva siempre desde el lado de los perdedores, forjaron su identidad literaria en obras de factura magnífica e imponente. El primer libro suyo que cayó en mis manos fue una recopilación de cuentos, publicada por Alianza, que se titulaba Sonetos a Cristo, y el impacto de aquella narrativa descarnada, plena de sutilezas y de la luz plomiza de Lisboa, generó un interés mayúsculo ante este autor, secundario siempre tras la estela de José Saramago, el otro polo de la literatura portuguesa de después de la Revolución de los Claveles.
“Para mí mis libros no son tristes. Yo no podría convivir tanto tiempo con una novela si fuera muy triste y deprimente”, le contestó a María Luisa Blanco cuando ésta le preguntó si preveía escribir alguna vez una obra “menos atormentada”. La sentencia encerraba toda una declaración de intenciones: no existe la tristeza dentro del análisis humano, sólo en la percepción apriorística de este.
Un trabajador de las letras
“Cuando escribo tengo que tomar válium, porque si no no duermo. Aún así duermo conectado al libro, me despierto dándoles vueltas a las palabras, los personajes me persiguen y adquieren, por otra parte, una realidad tan extraña que es como si viviera con ellos, como si viviera rodeado de fantasmas que cobran cuerpo en mi vida cotidiana, y parece que fueran una parte más de ella. Trabajo todos los días, no tengo ningún entretenimiento, ninguna distracción”, le comentó más adelante.
Hoy, el día de su muerte, deja un legado de más de treinta novelas y varios libros de crónicas (en español traducidas la mayoría por Mario Merlino y publicadas en Siruela y Random House Mondadori) entre ellas títulos imprescindibles en la literatura universal del siglo XX como Esplendor de Portugal, Fado Alejandrino, Memoria de elefante, En el culo del mundo o Auto de los condenados. Tras su muerte, Portugal pierde un exponente primordial en su canon literario, después de recibir muchas distinciones y honores, la llamada del Nobel siempre estuvo pendiente, y él en muchas ocasiones manifestó que ya ni le interesaba contestarla. Queda su obra.

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