Foto ©Leoncio González

Foto ©Leoncio González

Ha muerto Cristino de Vera hoy en Madrid, la ciudad que lo acogió desde que tenía 19 años. Nos ha dejado un referente nacional del arte. El pintor que escapaba a cualquier categorización o catalogación de generaciones o estilos. El pintor que buscaba la luz en pequeños trazos de una plumilla certera y detallista. Cestas, cruces, vanitas barrocas, ventanas, pueblos lejanos. Una y otra vez. “¿No se cansa de pintar siempre los mismos motivos?”, le preguntaron en una entrevista. “No me interesan los motivos”, contestó, “mi interés es encontrar la luz, y cada luz es diferente; llevo muchos años haciéndolo y aún no he dado con ella”, contestó con su sentencioso discurso aplomado y profundo.
Premio Nacional de las Bellas Artes, Premio Canarias de Arte y un sinfín de galardones que acumulaba ya sin control. El pasillo de su casa se estrechaba cada vez más con una cantidad ingente de obras que posteriormente engrosaron las colecciones de la Fundación que lleva su nombre. En la cabecera de ese pasillo un ángel; al fondo, la habitación con una mesa de dibujo y una ventana entreabierta que dejaba mover las cortinas. La música de Eric Satie a todo volumen. Se preguntaba continuamente el sentido de la existencia y buscaba entre libros un atisbo de certeza a cosas que ya él mismo se había planteado mucho antes de que los autores de esos volúmenes las escribieran. San Juan de la Cruz, Nietzsche, Holderling, pero también cine, Tarkovski, Bergman… De negro riguroso siempre. Las manos deformadas y la atención en todo lo que le rodeaba. Preguntaba y preguntaba y hablaba sin cesar de cosas difíciles. “No le temo a la muerte”, y acto seguido espoleaba con un “¿a dónde iremos después?”. Profundamente místico, admiraba las religiones y estudiaba con profundidad el oriente, encontró en la India un filón que le abrió ventanas a otras realidades, y aun así, una y otra vez, volvía a su particular búsqueda de la luz.
94 años vivió el maestro, toda una vida en búsqueda de la espiritualidad del ser, alejado del ruido del arte, sintiendo profundamente la llamada de la luz, y como decía, muchas veces, expulsando el aire por la nariz. Un humanista en el siglo XXI. Descanse en paz.