
El anuncio de los propietarios de la librería madrileña Tipos Infames a través de las redes sociales en el que se despiden de su clientela ha recorrido kilómetros a través de todo el país, empujado por una ola de nostalgia por lo auténtico y cercano. Al mismo tiempo, en Tenerife, la librería papelería Peba también señalaba en sus cristaleras el cierre tras muchos años de atención al público. Un poco más abajo, en la calle Núñez de la Peña bajaba la persiana Casa Peter, el emblemático puesto de perritos calientes y hamburguesas que recorrió la historia reciente de la ciudad universitaria.
Se nos caen referentes continuamente del valor de las calles como entornos sociales cercanos, y esos mismos referentes son sustituidos por marcas globalizadas y repetidas hasta el vómito en todas las ciudades de la Comunidad Autónoma, del país, y del continente.
La gentrificación, argumentan los ‘tipos infames’, ha llevado a la entrañable y más que exquisita selección de mostradores literarios a desaparecer. Aún así Malasaña en Madrid es una especie de reducto alternativo a las tendencias aplastantes de la identificación de la uniformidad disfrazada de identidad. Los comercios no se mantienen por nostalgia o romanticismo, se mantienen porque la gente compra en ellos.
Pasó hace algunos años con las salas de cine: fueron desapareciendo en los pueblos, luego en las ciudades porque los multicines arrasaron con la oferta: más salas, sillones más cómodos, sonido más envolvente, precios más caros, palomitas a tarifas de solomillo… y así el mercado borró de un plumazo los reductos del cine cercano. Y todos, me incluyo, sucumbimos a los carnés de fidelización y a las entradas por la web.
Con las librerías está pasando algo parecido. Lejos de achacarse a la caída del mundo editorial, la mayoría de las personas prefiere ir a cadenas en las que se amontonan las novedades que al mostrador, como dije antes seleccionado y exquisito, de nuestros libreros de toda la vida.
Madrid es inmensa, hay oferta para todos los gustos. La marea de personas que se mueven en esa ciudad apabulla nada más pisar la calle. Y no sólo las culpas de esta despersonalización la tiene el foráneo, el turista que gentrifica calles y hace fotos con el móvil, también el propio (nosotros, cada uno en su sitio) que se sube al carro de la identificación del sistema en sus tiendas- granjas intensivas.
En La Laguna, el mismo efecto es mucho más pernicioso y doloroso. No somos tantos. Eso significa que la desaparición del comercio local nos lleva a la despersonalización de la cultura propia. Es imposible luchar contra un sistema que no quiere ni permite esa personalización. Seguirán desapareciendo comercios locales tanto en cuanto nosotros, como clientes consumidores prioricemos comprar en grandes superficies. En el caso de las librerías, con un INRI aún mayor: los títulos que se venden en las grandes cadenas son exactamente los mismos que puedes adquirir en tu librería de barrio. ¿Qué nos lleva a dejar de comprar en ellas y hacerlo en una macrogranja cultural? Deberíamos recapacitar sobre ello.
Ah, y se me olvidaba. Con Casa Peter pasa algo parecido, ¿o alguien me va a decir que las hamburguesas de MacDonald están más ricas que las del alemán?
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