Madrid Arena (antes Wizink Center, antes Palacio de los Deportes) es, podríamos decir, una de las catedrales culturales de nuestro país. La capital -epicentro geográfico nacional, el punto donde se coloca la aguja del compás de la cultura en este país- no puede sustraerse a contar con un recinto identitario, grande. Llegar a tocar en la Arena madrileña es un arduo y complicado trabajo de perseverancia y propuestas amplificadas. No todos los artistas consiguen salir a este circo romano con más de dieciocho mil ojos pendientes de ti. ¡¡Buenas noches Madrid! dijo casi tímidamente la cantautora (¿aún es válido este término?) Valeria Castro el pasado viernes cuando una gigantesca cortina de tiras blancas se recogió en la noche capitalina. Nuestra palmera más emocional abrió la imponente boca del escenario y se enfrentó a tremendo bofetón de aplausos de miles de almas que esperaban con ansias la caricia tierna y profunda de la voz de Valeria.

Los primeros compases del concierto trascendieron en una paradójica mezcla de sorpresa y confianza. Los que allí nos encontrábamos queríamos por todos los medios conectar de la manera más inmediata con el corazón de la artista, con su aterciopelada voz, con las guitarras y hasta con el acifo, ese pandero tan peculiar que usa en sus directos. Quizás algo, o alguien, o la misma artista, dificultó esa conexión. Los primeros pasos sobre este -el que iba a ser el último concierto de su gira-  parecieron dubitativos en exceso. Algo no encajaba bien y el sonido resultaba alejado. Aparecieron algunos fantasmas sobre las tablas que amenazaron por momentos el resultado final: ciertas imprecisiones, los instrumentos por encima de la voz, una puesta en escena algo forzada. No obstante, la sonrisa de Valeria Castro y la persistencia de su ánimo, reforzado tras su última baja  laboral -así mismo lo declaró desde el micro-, y seguro la pericia técnica de su equipo, fueron consolidando y rectificando las rendijas por las que entraba ese aire frío de la capital. Al tercer tema la comunión estaba servida. La característica voz de esta artista de solo 26 años había trascendido al recinto mismo, y estaba conectada directamente con los nueve mil corazones que permanecíamos sentados, alimentándonos de emoción y sentimientos.

Sobre la pista, una banda con intérpretes de lujo: el clarinete de Joaquín Sánchez, Carles ‘Campi’ Campón, director musical de la gira, guitarra, bajo, percusión y productor del disco, Borja Barrueta con el guitarro y la percusión, María de la Flor con un excelente dominio del violín y voz y Meritxell Neddermann, al mando de los teclados. Todo ello complementado además con la aparición estelar de las Tanxugueiras o con el mariachi Los Reyes de Madrid. Pero sin duda, el éxtasis del concierto apareció tras los primeros acordes de El Universo sobre mi, una versión que, dijo, “no suelo cantar en mis conciertos pero que en este quiero cerrar un círculo y un homenaje a aquellos temas con los que empecé”, y que dieron paso a una emocionadisima Eva Amaral. Ambas levantaron definitivamente el auditorio. Por un momento parecía que flotaba sobre la calle Goya.

La Palma, el cuerpo, el adiós, la mujer, las mujeres, incluso los recuerdos y hasta el volcán de Tajogaite llenaron la partitura de una noche mágica que pretendía saldar  el largo camino de una gira de más de 80 conciertos en 10 países, para presentar su segundo disco. Sin embargo, esa baja laboral de finales del año pasado ha obligado al tour a extenderse tras este 10 de enero y aún quedan las citas de Girona, Gijón, Valladolid, Tenerife, Ciudad de México, Lima, Bogotá, Santiago de Chile, Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Málaga, Gran Canaria, Cambrils, Jerez, Barcelona.

Aún queda la indescifrable oportunidad de emocionarse, sencillamente, con Valeria Castro en concierto, después de todo.